Lentitud vs. eficacia en la Administración Pública

La administración pública acostumbra a ser la institución por excelencia para ser blanco de un gran número de críticas, especialmente hacia al funcionariado. Trabajar en la administración pública codo con codo puede ayudar a desmitificar o a resolver algunos de los prejuicios que tenemos por costumbre ya asumidos. Esta receta no es mágica, sino que es esencial para conocer de primera mano, y no por terceras personas, cómo funciona el mundo en general o para conocer el porqué de algunas acciones y/o proyectos.

¿Es la administración lenta? ¿Sobran funcionarios? ¿Los funcionarios no se toman en serio su trabajo? Estas preguntas suelen ser las habituales que los ciudadanos se hacen para criticar la administración pública. Pero, ¿qué hay de real en todo esto? Mi experiencia con la administración me ha ayudado a obtener algunas respuestas.

Para empezar, es importante señalar que no todo el personal que trabaja en la administración pública, en un ayuntamiento, por ejemplo, son funcionarios. Una de mis mayores sorpresas ha sido descubrir la cantidad de empresas y personal laboral que uno se puede encontrar. Y es que la ley de racionalización de la administración pública ha hecho mucho daño, y una trampa, pues mientras se prohíbe expresamente la creación de nuevas plazas, sí se permite contratar empresas que suplan a ese personal, siendo el coste muchas veces superior al hecho de crear una nueva plaza. Por tanto, ¿sobran funcionarios?  Yo no he tenido esta impresión, más bien la contrario, quizás no es que sobren funcionarios, sino que estén distribuidos en la casa de manera indistinta, sin atender a criterios de volumen.

Se dice que criticar al funcionariado es sencillo. ¿Lo es? Tenemos la falsa creencia de que los funcionarios son intocables. Sin embargo, los funcionarios, como cualquier trabajador están sometidos a un régimen disciplinario igual o superior que cualquier otro trabajador. Superior básicamente porque el funcionario puede, sin duda, menoscabar recursos públicos. La otra realidad es que el propio funcionario también ha asumido este rol de intocabilidad. Y, a la vez, sobre todo en los ayuntamientos, donde la relación entre los directivos con los trabajadores es más estrecha, rara vez un político se manchará para disciplinar a un trabajador, especialmente si es de una ideología proteccionista con los derechos de los trabajadores.

Si hablamos de los ayuntamientos, a la falta de recursos humanos y en ocasiones a la falta de formación de los trabajadores, en especial en nuevas tecnologías, se suma el riguroso control que secretaría e intervención somete a todas las decisiones de la administración local. Control desconocido por la ciudadanía en general, que acostumbra a creer que en los ayuntamientos existe libertad total para ejecutar proyectos. Este control, sin duda positivo para garantizar el cumplimiento de la legalidad, provoca de nuevo una importante ralentización en la ejecución de proyectos, agravado, sin duda, por la falta de personal, en este caso, juristas.

El principal problema de la administración, sea del nivel que sea, es, por tanto, su lentitud, que a la vez provoca una ineficacia en muchas de sus políticas (recordemos, por ejemplo, la Ley de Dependencia). La pregunta es, ¿Estaremos preparados para lo que viene en el futuro? Cada vez somos más impacientes y usamos más las redes. Pero, ¿Será la administración capaz de asumir este ritmo?

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